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La entrega va unida a la felicidad.


marzo 22, 2026
  /   España
La entrega va unida a la felicidad.

Entrevista publicada en la revista Tercer Milenio. nº 292. Febrero 2026, páginas 38-41

maria-teresa-gomez_tailandia-2026-normalMaría Teresa Gómez es una religiosa dominica de origen granadino. Desde hace casi dos décadas reside en Tailandia junto a otras dos hermanas, donde han desarrollado un proyecto educativo y social dirigido a niñas en situación de pobreza. Se trata de la Casa Hogar Nuestra Señora del Rosario, que, establecida en Udon Thani, ofrece alojamiento, escolarización y formación integral a menores procedentes de zonas rurales, donde los recursos y las oportunidades educativas son limitados. Allí, estas misioneras acogen a las niñas y les ofrecen un entorno estable desde el que construir su futuro.

¿Cómo descubrió su vocación religiosa y misionera?

Yo soy de Loja, un pueblo de Granada, y nuestra congregación nació allí. En el colegio donde estudiaba nos contaban muchas historias sobre la fundadora, madre Teresa Titos, y nos enseñaban cómo evangelizaba; a veces nos ponían incluso imágenes. Su ejemplo, y ver cómo se puede hacer el bien a tantas niñas pobres, cómo les enseñaba y ayudaba para que tuvieran un futuro, me inspiró y me contagió un poco los deseos de ser dominica yo también.

¿Cuántos años lleva en Tailandia?

Llevo 18 años, y 16 han sido con el proyecto de la Casa Hogar Nuestra Señora del Rosario. San Juan Pablo II invitó a todos los superiores generales a que en el siglo XXI evangelizaran en Asia, porque había mucha misión en América Latina y África, pero allí no. Nosotras hemos respondido abriendo una casa en Tailandia. Primero, a través de un conocido, fuimos a ver la zona, y finalmente fuimos tres religiosas a empezar la misión: una, de Colombia; otra, de Venezuela; y yo, de España. Aprendimos el idioma, preparamos y pintamos la casa, y así comenzamos.

¿No le dio miedo empezar este proyecto desde cero las tres solas?

No, porque la Iglesia está allí. Teníamos al obispo, y hay otras religiosas o misioneros en otros sitios. Allí hay muy buena relación entre nosotros, porque somos muy poca gente. De todo el país, solo el 1% o 1,5% son parte de la Iglesia católica, así que hay mucha unión. Sentimos que somos un cuerpo pequeño en ese país, pero con una misión para que conozcan a Jesús.

¿Por qué pensaron en hacer una casa hogar en Udon Thani?

El proyecto surge de un gran problema. En Tailandia existe una parte turística al sur, cerca de la playa y el mar, que es otra realidad; pero en los pueblos son muy pobres y allí no hay trabajo ni recursos. Desde muy jovencitas las chicas se quedan embarazadas, los chicos salen corriendo a buscarse la vida y se van de allí dejándolas solas con los niños. Al final los cuidan las abuelas, que se encuentran con cinco pequeños alrededor y sin dinero, mientras las madres buscan cualquier trabajo, que no será muy bueno debido a la falta de estudios. Esas niñas son las que nosotras acogemos.

¿Cómo localizan a las niñas? ¿Hay algún requisito para entrar en la casa?

Nos centramos en las niñas de los pueblos, porque en la capital tienen muchas oportunidades. Vamos por las distintas zonas de visita, y hablamos con los párrocos para que nos orienten sobre las familias del lugar. Las conocemos, vemos sus casas, su entorno, y acogemos a las que estén más necesitadas. Las llevamos con nosotras a la capital. Tienen que ser niñas pobres, que necesiten esa ayuda económica, pero, eso sí, que tengan muchos deseos de estudiar y aprovechar la oportunidad; si no, allí no pueden estar.

¿Por qué decidieron centrar el proyecto en las mujeres?

Solo tenemos niñas porque pensamos que la mujer es muy importante. El papel de la madre es fundamental en una familia: influye mucho en los hijos, se preocupa y les dedica mucho más tiempo que el padre, especialmente allí, en Tailandia. En nuestro caso son la mamá y la abuela; nos parece que la mujer es una buena formadora de sus hijos, de sus nietos, y que ayudarla mejorará la vida de una familia entera.

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¿En qué consiste esa ayuda que les brindan?

Tenemos una media de 25 niñas internas cada año que viven con nosotras, en la casa hogar donde comen, duermen y hacen actividades. Desde allí las mandamos a dos colegios privados religiosos a estudiar, porque los públicos en Tailandia no tienen muy buena educación. Les pagamos el colegio, los libros, los uniformes, el transporte y, por supuesto, todos los gastos; todo lo necesario para que puedan ser como cualquier niño y estar en condiciones decentes. Allí aprenden a estudiar, a ser responsables, a llevar un hogar, y también a compartir y ayudarse unas a otras.

¿Qué clase de actividades realizan las niñas?

Se turnan en las tareas y se encargan por grupos de hacer la comida, limpiar sus espacios, como el dormitorio o el estudio, y también practican deporte o actividades de ocio. Cuando llegan del colegio, después de merendar y descansar o jugar un poco, hacen los deberes y estudian todos los días, al igual que la oración. Además aprenden a coser, a escribir a máquina, y hacen labores o manualidades. Sobre todo, aprenden a cuidar de sí mismas, de las demás y a saber llevar su casa en un futuro.

Es una educación integral...

Sí, exacto. Nuestra fundadora decía que la educación tiene que ser completa; no solo aprender cosas. Usaba mucho una frase que es “educar las manos, educar el corazón y educar la inteligencia”.

¿Y eso qué significa?

Por un lado, cultivar la inteligencia con el estudio, que tengan claridad de ideas y una mente bien formada, que sepan distinguir la verdad. Educar el corazón es formar los sentimientos, que distingan el bien. Hacer que sean personas buenas, nobles, que ayuden a los demás y sean sociables. Y formar las manos es aprender trabajos manuales, desarrollar talentos y habilidades para que sepan salir adelante.

Tengo entendido que conviven niñas de diferentes religiones. ¿Cómo lo gestionan?

Casi todas son cristianas, porque la mayoría de la gente que conocemos allí lo es, y son los párrocos quienes nos conectan con las familias; pero ahora ya tenemos niñas que son budistas, porque en Tailandia es la religión predominante. De momento son solo cuatro o cinco, pero conviven muy bien y son muy fervorosas.

No podemos hacer dos horarios, uno para budistas y otro para católicas, así que se adaptan a todo. Vienen a misa a la catedral como todas, hacen la visita diaria al Santísimo y rezan el rosario.

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Así pues, ¿se han adaptado bien?

Sí. Van a colegios católicos y, aunque no todas las niñas que estudian allí lo son, la formación y todo lo que reciben en casa sí; así que lo tienen normalizado. Todas participan y son iguales. Incluso algunas budistas han pedido el bautismo.

¿Hasta qué edad pueden estar allí, en la casa?

La edad no es determinante, porque algunas han empezado a estudiar un poco más tarde. Nuestro objetivo es que terminen los seis años del bachillerato. Algunas, cuando lo acaban, se animan y quieren seguir en la universidad. En este caso también las ayudamos, pero ya no las tenemos en la casa.

Entonces, ¿las siguen ayudando económicamente?

Sí. Queremos que ellas se muevan, que busquen la manera y aprendan a valorar las cosas; pero que quieran estudiar en la universidad es muy buena señal, así que, si tienen algún problema, hay que ayudarlas como sea.

Explíquenos un poco cómo es eso de los padrinos.

Hay una ONG en Francia que nos ayuda mucho. Tienen gente a quienes les gusta apadrinar a las niñas, y todos los meses mandan dinero para cuidarlas. Además, hay voluntarios que vienen a ayudar.

Además de ese apoyo, ¿cómo mantienen la casa?

Vivimos de la providencia. Nos ayudan desde España familiares, amigos, colegios y también Obras Misionales Pontificias. Ese dinero allí se multiplica, porque el baht de Tailandia vale menos que el euro.

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¿Encuentran obstáculos para realizar su labor?

No. No hemos encontrado ayudas, pero tampoco problemas. Los vecinos son muy respetuosos.

¿Nunca se ha planteado volver a España?

De momento no. Solo cuando no pueda trabajar. Mientras tenga vida y salud, allí estaré, porque creo que es una obra muy buena y me da una gran felicidad.

¿Recomienda entonces entregar la vida?

¡Claro! Les diría, especialmente a los jóvenes, que hagan la experiencia. No será un tiempo perdido. Siempre se marchan muy felices, porque la entrega va unida a la felicidad.

 

Leticia Lanoix